Espejitos
A veces, envidio un poco la amistad masculina, vista desde fuera, parece un camino más llano y sencillo que la amistad entre mujeres. Lo nuestro es como un noviazgo eterno, accidentado, intenso y pasional, mientras que lo de ellos se suele parecer más a un matrimonio bien avenido, sin grandes emociones tal vez, pero sin grandes altibajos.
También esto pasará — Milena Busquets
Qué son las amigas sino faros en el camino, espejitos que nos reflejan las luces y las sombras. Tengo distintos tipos de espejos según el momento en el que me las crucé en la vida, según los grupos que compartimos. Cuando estamos atravesando un camino más difícil están ahí para acompañar, pero no siempre nos reflejan luz. A veces nos reflejan cosas que nos cuesta ver, nuestras partes de noche.
Cómo son de todos los gustos y colores, mis amigas estuvieron siguiendo este camino de incertidumbre, cada una desde su lugar. Algunas más en trinchera, otras más desde el palco. Y me costó entender que no todas estaban para seguirme en primera fila, verlo como yo lo veía o que a veces su forma de acompañarme no era la que esperaba. Expectativa / realidad.
Y ahí el reflejo de estos espejitos me hizo ver cómo estaba yo con este proceso, cómo me lo tomaba. Mis expectativas, mis exigencias. Y dónde quedaba en todo eso mí espacio de cuidado.
La complejidad de estar en búsqueda y manejar frustraciones a veces nos cierra a nuestros afectos por miedo a seguir abriendo charlas que nos hagan revolver ese dolor, esa incomodidad. Creo que por eso muchas dejamos de hablar del tema, o nos ponemos solo vagas en las explicaciones, sin dar datos, para evitar más preguntas, más ansiedades compartidas. Cada una hace lo que siente y puede y a la larga yo aprendí que a mí me resulta mejor contar y abrir que guardar.
Siempre fui de sumar y organizar encuentros, de estar. Y cuando venía con todo este rollo buscaba rodearme de espacios de contención. Pero en esta situación particular de mi vida, los mismos espacios de encuentro que antes me contenían hoy tenían, para mí, otro color .
Tengo el recuerdo de charlas que solo giraban en torno a embarazos y obstetras. Y yo ahí sentada escuchando, mirando como de afuera, asintiendo. Cuando no se tocaban otros temas, cuando parecía que no hacíamos nada más. Nosotras, mujeres profesionales con desafios, vidas diferentes, intereses, trabajos.
Yo venía trabajando el temita del autocuidado en terapia. Me sentía fuerte cuando me bancaba sin ponerme mal esas conversaciones, cuando me integraba a la charla, como si no me afectara. Recuerdo salir y hablarme en el auto diciéndome en voz alta, muy bien eh, como te la bancaste. Claramente no me estaba funcionando muchísimo la terapia y mi “mejor” terapia era hablar en el auto.
Pero en una de esas charlas, levantarme fue un reflejo más que algo pensado. Como cuando te dan ganas de ir al baño. Ese día no me aguanté. Me levanté, me puse mis zapatillas, un poco transpiradas todavía de la pedaleada y agarre el casco. Haciendo todo en automático, sin pensar más. Sintiéndome raro porque recién habíamos llegado, pero la charla era la misma de siempre y yo ya no daba más.
Había otras cosas en mi cabeza, era fin de año y había sido un año cansador, muchos desafíos de laburo y el movimiento de las cosas en diciembre. Recuerdo la carga extra por la merecidísima licencia de mi socia y por mi exigencia de que todo siguiera igual, siendo una en vez de dos para llevar nuestra empresa. Para contextualizar mi delirio de continuidad: no me olvido más de cuando me tocaba viajar por trabajo y le contaba a mi socia que quería ORGANIZAR UN EVENTO ALLÁ SOLA. Por suerte, de todo lo que no quise contarle, para respetar su tiempo off, esto si se lo conté y me dijo “vos estás loca, no te la compliques más, andá, da el taller y listo”. Ella, recién parida tenía más sensatez que yo. Los roles invertidos, mi clarísima pasada de vuelta.
Cuando empujamos un proyecto donde todo está por hacer, son muchas las veces en las que compensamos poniendo el cuerpo para seguir todo igual como planeamos porque no queremos perdernos ninguna oportunidad. En nuestro liderazgo, hablando desde nuestra experiencia, hay mucho de hacer todo lo que podemos y ponernos a nosotras al final, cuidar a todos antes que a nosotras. Si, somos de las que comen al final, Simon, gracias por poner en palabras la cultura en la que creemos. Y hablando de cultura, hay algo complejo de trabajar por propósito, la trampa: siempre te parece la mejor excusa para dar un poco más. Y ni hablar de que el equipo está primero, y que puedan seguir, motivados, contentos, los pollitos.
Así que todo esto, mezcla de liderazgo, exigencia, fin de año, se entremezclaba con la energía puesta en que funcionara alguno de los tratamientos que veníamos haciendo. Mission impossible. Ese mes, para sumar ingredientes, me acababa de pasar el único atraso natural que tuve en medio de todos los intentos programados en otro viaje de laburo. Tuve que poner la carita feliz en los eventos y las selfies después de enterarme de que sólo había sido un atraso, indispuesta, allá, lejos de casa. Esa vez no le había contado a nadie, solo conté cuando no fue. Y así, venía sosteniendo ridículamente el business as usual cuando todo apuntaba a un clarísimo business unusual.
Todas estas vivencias, condensando en mi retina, lágrimas que tardaron, pero no pararon de caer mientras me ataba los cordones y me ponía luego el casco.
Quédate y hablemos. No quiero hablar más. “Yo soy más que esto” les decía y me decía. “Tengo una vida muy linda con otras cosas que me encantaría contarles. Pero parece que no hay lugar para eso.“
Pero la que no se hacía lugar para ella, era yo. Para contar y abrir lo malo aparte de lo bueno. No me sentía cuidada, pero el problema no era el grupo, la primera que me tenía que cuidar era yo. Y ese reflejo de pararme e irme, fue un primer paso.
Yo, que siempre quería estar bien con todo el mundo, podría haber dicho algo antes, pero preferí esperar que alguien se diera cuenta y no pasaba, nunca. Y ese fue un gran dolor. Y a veces no hay que esperar, hay que salir y hablar. Animarse a pedir. Escuchar y contar.
Con el tiempo me cayó la ficha de que en mis grupos de amigas, hay pocas que pasaron por algo similar. Y hay grupos donde no había ninguna. Y por más empatía y cariño, es difícil que entiendan o que se den cuenta en la que está una que no es la del camino “normal”. El proceso de un tratamiento ya es difícil de entender, las miles de vueltas, opciones y variables, pero sobre todo es más difícil entender lo que le puede costar o doler a la otra cuando no estás al tanto. Y a mi me costó salir a contar, salir de la víctima y contar cuando no me preguntaban. Dejar de esperar. Cada una hace lo que puede y me costó entenderlo.
También, en general, hay un halo de no hablar estas cosas, de guardarlas. Esto tuvo mucho que ver con que decidiera abrir y contar acá, escribiéndolo. Pero siempre desde un lugar de entendimiento con todas y cada una porque a cada una le hace bien lo que le hace bien y a mi, que era de las que necesitaba abrirlo, me llevó bastante tiempo registrarlo.
Aprendí que en estos procesos hay una etapa de victimizarse, de por qué a mi. De compararse. Para salir de ahí, el primer paso fue darme espacio. Registrar como me sentía, animarme a salir un tiempo de mis espacios convencionales, darme ese lugar. No dejar ese registro del cuidado y de mi sentir del lado del otro, tomarlo yo misma.
Y después ser clara con pedidos de ayuda, de escucha, y de lo que me pasaba. Mi psicóloga me hablaba de ser mi propia madre, concepto que tardé años en entender y que ahora creo ver.
Así evolucionaron mis espacios, mis amistades. En algunos espacios me guardé, entendí que no eran el lugar para expresarme así que me hice más fuerte y entendí la dinámica para no ponerme en lugares que me hicieran mal y cuando estuve lista, volví, sin expectativas, disfrutando lo que me daban sin pedir lo que no. En otros logré abrirme y tener mucho apoyo y en otros, no funcionó. Nunca deja de sorprenderme la poca sensibilidad de las personas, pero por suerte no están dentro de grupos que considere realmente de mi interés. Hay gente a la que no le da, algunos no se pueden cambiar. Y ahí, a cuidarse, ser valiente y animarse a editar espacios y amistades. Los importantes siempre estarán.
Todo este camino de buscar mi cuidado y comodidad, me unió a personas que no tenía antes tan cerca, mis velitas prendidas en el camino, que se acercaron siempre con una palabra de amor, de aliento, de esperanza.
Anímense a contar, y si no quieren, no cuenten, pero recalculen expectativas. No es el camino de todas, pero créanme que es el camino de muchas, las historias van apareciendo cuando abrimos las nuestras. Pero hasta no estar listas para volver a los espacios “que nos hacen bien”, anímense a editarlos, a dejarlos, a tomarse un recreo. Y tranquilas, que las amistades que valen, siempre van a estar, listas para cuando podamos y queramos volver.
Yo aprendí a cuidarme, aprendí a no esperar: contar yo o simplemente no tener expectativas que me lastimaran. Cada una de mis amigas fue encontrándome como pudo para acompañarme. Pero antes de encontrarme con todas, tuve que cambiar yo. Y la maravilla del encuentro y re-encuentro en las amistades femeninas, es una joyita que casi todas las que tenemos amigas sabemos valorar.
El primer gran abrazo cuando vino la buena noticia fue en ese mismo grupo que adoro pero del que salí pedaleando aquella vez para alejarme un rato. Al que volví, tranquila y sin apuro, cuando supe que podía, como se vuelve a los espacios que queremos, después de haberme entendido y encontrado para abrirme y compartirlo, parada desde otro lugar.
Así es la amistad entre las mujeres, tormentosa y fundamentalmente maravillosa.
Este año, festejé mi cumpleaños pegado a la llegada de Sara y de regalo le pedí una anécdota escrita a cada una de mis amigas, para dejársela a Sara, para que a través de ese recuerdo reflejado conozca conozca algo de su mamá y de quién era antes de ella. Y que pueda ver en uno de esos reflejos un pedacito de esos espejitos maravillosos que tiene de amigas.
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Como siempre, recuerdo que el propósito de estas historias que abro es dar compañía (al menos en palabras) a quienes estén explorando estos mundos que usualmente no se comparten. Agradezco lo compartan si saben de alguien a quien le pueda sumar. Desde mi experiencia, me hubiera encantado encontrarme en lecturas con otros que fueron dejando pistas en el sendero. Ni hablar si me hubieran contado alguito de la experiencia contada en este capítulo particular. Así que dejo abajo el resto de los posts compartidos. Y bienvenidos comentarios y vivencias.

