Rituales
La primera persona a la que le dije tu nombre fue a un cura igual al gordo de Severance que acto seguido me bendijo la panza. Era 15 de abril, y como todos los 15 había llegado una vez más a esa iglesia. A encontrar algo que no se que es, a encontrarme desde otro lugar, yo, que no creía en nada.
En otro capítulo de derribando (o construyendo) mitos y actitudes desde el pantano, voy a contar mi viaje a lo espiritual y de conocimiento con este recorrido.
I don’t believe in an interventionist God. But…
Nunca fui religiosa y como muchas y muchos fui orgullosamente muy anti de adolescente. Me proclamaba atea y con el tiempo me definí agnóstica, sin tampoco entender bien qué era. Despotriqué mucho contra la iglesia, cuantas veces pude, sigo teniendo mis diferencias. Quise hacer los pañuelos naranjas en mi fábrica cuando explotó el tema del asunto separado hace unos años. Me crié en una casa sin educación religiosa y con padres que me dejaron suelta para que eligiera por mí ese camino. Bueno, no elegí mucho. Entre mis amigas de la infancia y amigos de adultez hay un gran mix y conocí tradiciones y religiones por ellos, pero nunca me llamó ninguna. No entendía ni me llamaba la dimensión espiritual. Con las vueltas de la vida y potenciado por una separación que me hizo replantearme todo el camino ”perfectirijillo” que venía haciendo, me entregué a todos los espíritus. Perdida en el fuego. Una amiga me regaló la entrada al mundo estotérico con una sesión para hacerme la carta astral. Seguí con la revolución solar y más de una vez pedí que me tiraran las cartas. Pero más allá de todas estas nuevas experiencias entendí que lo espiritual no depende de una religión, credo o grupo. Va por dentro. Como la procesión. Y vi que en mis momentos, ya lo tenía. Empecé a cultivar más espacios míos y creo que entendí ahí que la espiritualidad es más para una y no necesariamente en un templo.
Y en este proceso, que fue el gran desafío, pero uno con la voluntad de un final muy feliz también me entregué. A todo.
Acá estoy para ser muestra fiel de cómo atravesar este pantano te ayuda a entregarte y a desdecirte de todo. (Y cuando hablo de pantano cito a Brené, que así denomina estos espacios de transición, valentía y crecimiento. Tendría tu estampita Brené. Ya tengo varias, pero la tuya la tendría primero.)
Buscando un símbolo de paz
Estábamos buscando la santa fertilidad. Y cuando las recetas convencionales no funcionan fácil una se empieza a entregar a todos los santos. Cantidad de veces que pensé promesas, nunca fui buena para sostenerlas, pero desde pavadas como guardar un hilo en la billetera a proponerme otra vuelta más con Alí para decir si hago esto va a funcionar, MILES. Y si, da vergüenza contarlo pero hacemos de todo. Y en ese ”de todo” vienen los santos ajenos y las sugerencias.
Que el curso de medicina china, que la bruja de san isidro, el reiki, la energía, la acupuntura, las monjas que hay que llevarles huevos y comprarles mermelada. Y las vírgenes. Una locura pensar en pedirle quedar embarazada a una virgen, bueno, parece que no tanto.
En los chequeos del tratamiento, hay días que te dan noticias clave y días que vas a una consulta solo para controlar. El tema es que nunca sabés que día es el que te toca cuando vas. Por eso aprendí a no ir sola a las consultas con mis médicos de fertilidad. Al principio pensaba que las cosas que surgían iban en el camino que me habían delineado y que había consultas que no eran importantes, porque no habría novedades ese día. Pero no. Aprendí que a veces en estos caminos no te cuentan todas las posiblidades del tratamiento para no volverte loca, sabiduría que entendí con el tiempo, y obviamente al principio me reventaba. Por eso cada consulta podría tener una nueva noticia que no esperás. Y lo aprendí saliendo sola de consultas en las que iba sin siquiera esperar que me dijeran algo porque no tocaba y caían noticias que me destruían. Llorando en el auto a la vuelta del centro médico, me cayó la ficha y empecé a pedir compañia para compartir esos imprevistos.
Esa visita, le pedí a mi mamá que me acompañara, por primera vez. Fue un control sin sobresaltos y terminamos temprano con tiempo para tomar un café. Conversamos de lo que venía, los próximos pasos, cómo sería y yo le conté de todas estas recomendaciones de terapias y religiones alternativas que me bombardeaban para acompañar el proceso. Hablamos de lo agotador de recibir sugerencias constantes de que tenía que hacer o, como algunas lo vemos, qué nos está faltando hacer para que ahora funcione. Porque Martita hizo esto y aquello y así finalmente quedó embarazada. Y contra el halo del éxito de Martita en su terapia acertada no hay con qué dar. Siempre gana Martita que quedó con sus espíritus triunfantes contra una que aún no la está pudiendo resolver. Y es tremendo como sentimos que tenemos que hacer todo o sino no va a funcionar las que no tenemos la suerte de Martita.
Y contándole de las sugerencias paranormales, mi mamá que tampoco es muy creyente de nada, me empezó a contar de sus propias averiguaciones. Me contó como, sin hablar con nadie más, había preguntado a su cura amigo (porque no somos religiosos, pero tenemos curas muy amigos de la familia) por el tema de la virgen de los milagros, la de Salta. Mi noción de esta virgen también era un halo, no tengo mucha idea, recordaba cuentos de una señora que te toca y te desmayás, pero no sé si es la misma, cómo decir, situación? En fin, me comentó que estaba averiguando todo para ir asesorada con este cura y también con una amiga salteña. Pero que él, muy resolutivo, le había dicho que tal vez no tenía que ir a Salta, que había otra en una iglesia en Buenos Aires donde también pedían estos milagros. Dios y la virgen atendían también en Buenos Aires, más precisamente en Nuestra señora de la Dulce Espera, en Devoto.
Mi mamá me contó toda esta historia, y cómo los días 15 de todos los meses se hacía una misa especial para quienes esperan y quienes buscan. Cuando terminó el cuento, me reconoció que no tenía la menor intención de contarme su recorrido ni que haría con esto, pero hoy era 15 y había pensado en ir a la tarde.
Símbolos, coincidencias, todo vale en estas búsquedas. Era 15, era la primera vez que me acompañaba, saqué yo el tema de las religiones y terapias (que nunca sacaba) y ella tenía pensado ir ese día. Será una señal? Será esto lo que tenía que ser?
Así que hice lo que me surgió del corazón: la googlee. La Virgen de la Dulce Espera tenía su página de facebook donde compartían horarios y misas. Faltaban 45 minutos para la próxima misa. Y así, todas tomadas por la virgen, la coincidencia y el espíritu santo, nos encomendamos a nuestra señora con panza, dejamos el café por la mitad y salimos.
Rendición
Lo. Que. Lloré.
Era temprano, una de las misas de media mañana. Llegamos y había poca gente. Una señora tenía alzada la pantalla de su celular con una foto apuntando al cura, para que este le espejara su luz a quien supongo que eran sus hijos, la pareja de la familia que estaba en la misma búsqueda que yo. El cura recitaba cuentos relacionados, o no tanto, a la fertilidad y en algunos espacios llamaba a quienes estaban buscando, a quienes querían adoptar, a quienes estaban de 3 meses, de 6. Finalmente convocaba a las embarazadas de 8 a 9 meses para recibir unos escarpines bendecidos.
Encontré a otras personas ahí, en medio de una mañana cualquiera, dándose ese espacio, para pensar en esto, para soñar, para pedir, para compartir con otros que estaban en la misma. Creo que eso fue lo que no me dejó parar de llorar. Abrazar a mi mamá. Pensar qué será.
Y así como va por dentro, lo que encontré en esa iglesia fueron personas que compartían ese “no sabemos qué más hacer y queremos creer”. Más que tenerlo adentro, compartir. Sentirlo en el aire. Llorar. Escuchar sin entender mucho de qué habla el cura. Sorprenderme y a la vez entender cuando una señora al lado mío alzaba la foto de sus hijos cuando el cura daba la bendición. Mysterious Ways.
Y empezamos a ir los 15. Todos los meses. Salir de la rutina para encontrarnos en ese lugar. El ritual iba más allá de la iglesia, era ir charlando hasta allá, entre tráfico y rutinas, encontrando ese espacio para encontrarnos, madre e hija e hija que quiere hijos. Dar lugar para que pase algo, para que surja.
Algunos 15 fuimos cada una por su lado. Alguna vez no pude ir porque no estaba en Buenos Aires y nos mandábamos mensajes para recordarnos que era el día. Y alguna vez no pude ir porque sentí que no tenía más fuerzas. Tanto querer yo quería, que ya casi ni veía. Pero siempre, de alguna manera, fuimos. Siempre seguimos creyendo, haciendo todo lo que sentíamos que se podía hacer.
Y todo esto sin saber adonde va.
¿Será esto lo que sienten quienes van todos los domingos, todos los domingos?
Nuestra Señora de la Dulce Espera fue uno de los espacios que visité. Pasé y sigo pasando por otros espacios. Visitas a milagrosas, tarotistas, brujas y mujeres casi sacerdotisas. Amasar jalá un viernes con amigas, prender velas. Los rituales de búsqueda son lo que a cada una le hace bien. A mi me hace bien encontrarme con otros y dejarme estar ahí un rato, pero también me hace bien escribir a la mañana y dejarme ir en una página o una pantalla. No hay recetas acá, el espacio es nuestro y es interno más que externo. Al final es todo cuestión de fe, o de lo que nos haga bien. Lo que vayamos sintiendo y disfrutando. Y si estamos bien acompañadas, mejor, porque ahí es un ritual de encuentro seguro, pero el encuentro al final es con nosotras.
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Aprendí que lo que hace bien a una no le hace necesariamente bien a otras así que, sin ocultarlo, lo guardé mucho tiempo para mi. Cuando se lo conté hace poco a mis amigas, viniendo de mí, no lo podían creer. Algunas me contaron sus rituales en sus propias búsquedas, de estas o de otra índole. Una me contó que también fue mucho a esta iglesia y que una vez, en el saludo final de la misa, una mujer se le acercó y le dijo “igual vos ya estás”. Ella todavía no lo sabía, pero ahí, como la Virgen con panza, ella tenía ya en la suya a su hija, Frida.
Para qué.
El próximo 15 y me tocó ir sola a la iglesia. Entregada a otro tratamiento, en la no-tan-dulce espera, intentando no pensar que pasaría. Tan entregada al proceso que hasta disfruté de la misa. La vez anterior, después de una pérdida, también había ido sola y tuve salir de la misa antes de la mitad porque no podía parar de llorar. No entiendo nada, ni por qué, pero llegué sola y estaba contenta. Al llegar el momento del saludo al final yo OBVIAMENTE esperaba el saludo milagroso de alguna mujer. La mujer nunca apareció y nadie me dijo nada, pero esta vez al menos de fui contenta de llegar al final del ritual entera. Pasaron luego los pocos pero eternos días de espera y finalmente el análisis me dijo que ahí estabas. Y como si nada, el próximo 15, llorando le dije al gordo de severance que te llamás Sara.
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Mi intención con esta serie de posts es compartir este camino. Mi relato puede ser sinuoso, ordenado y desordenado. El propósito es ser compañía (al menos en palabras) de quienes estén explorando estos mundos que usualmente no se comparten. Agradezco se comparta si saben de alguien a quien le pueda sumar. Desde mi experiencia, me hubiera encantado encontrarme en lecturas con otros que fueron dejando pistas en el sendero. A quienes quieran leer más de este recorrido desordenado dejo los otros “capítulos”



